¿Seguridad o privatización? El auge de los servicios de seguridad privada en Costa Rica.
El estudio de los servicios de seguridad privada en Costa Rica, abordado por Campos Santelices (2024), permite comprender cómo este fenómeno ha evolucionado más allá de una simple alternativa al resguardo estatal. Aunque estas empresas no forman parte del aparato público, su influencia en la estructura de seguridad ciudadana es cada vez más evidente, y con ello, la responsabilidad del Estado de regular, supervisar y garantizar que no se vulneren derechos ni principios fundamentales.
En el contexto costarricense, el
crecimiento sostenido de las empresas de seguridad privada ha llevado a que su
número de agentes supere con creces al de la policía estatal. Este hecho, si
bien podría verse como un alivio operativo, es en realidad un signo de alerta
desde una perspectiva criminológica, ya que supone la transferencia de
funciones esenciales del Estado a entidades privadas motivadas, en muchos casos,
por intereses comerciales antes que por criterios de bienestar social o
justicia.
Además, uno de los principales problemas
identificados es el aumento de la desigualdad en el acceso a la seguridad. Las
personas con mayores recursos económicos pueden contratar servicios de
vigilancia privada de calidad, mientras que las poblaciones más empobrecidas
dependen exclusivamente de un sistema público limitado y muchas veces
desbordado. Esto genera un desequilibrio estructural que alimenta la
fragmentación social y la percepción de inseguridad en ciertos sectores.
Desde la mirada criminológica crítica,
también se evidencian serias preocupaciones sobre las condiciones laborales de
quienes trabajan como agentes de seguridad. Muchos vigilantes enfrentan
extensas jornadas de hasta 36 horas seguidas, sin pago justo por horas extra ni
garantías mínimas de bienestar. En algunos casos, se les obliga a realizar
tareas administrativas que exceden su rol, y si ocurre un incidente, se les
responsabiliza directamente. A esto se suma la contratación de personas
migrantes, en particular nicaragüenses, muchas veces en condición irregular, lo
cual las expone aún más a abusos y formas solapadas de explotación.
Además, el informe también denuncia la falta de control real por parte de las instituciones encargadas. Se mencionan casos en los que empresarios del sector de seguridad mantienen vínculos con funcionarios públicos, lo cual compromete la imparcialidad en los procesos de fiscalización. En consecuencia, se advierte que algunas empresas utilizan razones sociales como fachada para evadir responsabilidades legales y fiscales.
Según el periódico Delfino.cr (2025), menciona que el Instituto Nacional de Seguros (INS) ha hecho un llamado explícito a las empresas de seguridad privada para que cumplan con la Ley 8395 y contraten el seguro obligatorio de responsabilidad civil, destinado a proteger a terceros ante posibles daños causados durante la prestación del servicio. Aunque 668 empresas ya cuentan con este seguro, la contratación ha disminuido, lo que representa un riesgo tanto para la sociedad como para los propios trabajadores. Por lo tanto, la noticia no solo informa una alerta técnica del INS, sino que también confirma un contexto más amplio de irregularidades, al evidenciar que el Estado no está ejerciendo un control efectivo sobre el sector de seguridad privada, lo cual permite que muchas empresas operen al margen de la ley.
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Este panorama genera una serie de desafíos urgentes. Es necesario repensar el rol que deben tener los servicios privados de seguridad en el país. No se trata de eliminarlos, sino de establecer mecanismos de regulación que garanticen que actúen como un complemento responsable de la fuerza pública, y no como un sustituto funcional que responde a intereses privados sin considerar el bien común.
En suma,a la expansión descontrolada de la seguridad privada en Costa Rica no solo plantea dilemas operativos o administrativos, sino que representa un fenómeno complejo con profundas implicaciones sociales, éticas y criminológicas. El país tiene la capacidad institucional para asumir este reto, pero se requiere voluntad política, compromiso interinstitucional y un enfoque integral que sitúe al ser humano y sus derechos en el centro de la política de seguridad.
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